BITÁCORA SEMANA 11
Bitácora de clase
Al inicio de la clase, el profesor compartió la introducción de su libro ¿Tenemos reces en el aula? donde plantea una mirada sobre la educación que guarda cierta relación con algunas ideas trabajadas en La hora de clase de Massimo Recalcati. A partir de esta lectura, se presentaron cuatro conceptos provenientes de la retórica que permiten comprender diferentes dimensiones de la enseñanza.
El primero fue el logos, entendido como el conocimiento y los saberes que se construyen dentro de uno o varios campos disciplinares. El segundo fue el pathos, relacionado con las emociones y con la capacidad de comunicar algo que realmente nos moviliza. El tercero fue el ethos, asociado a las costumbres, la forma en que nos relacionamos con los demás y la dimensión ética de nuestra existencia. Finalmente, el profesor propuso el eros como un elemento fundamental de la educación, entendido como la pasión, el deseo y las ganas que impulsan tanto el acto de enseñar como el de aprender.
A partir de estas ideas surgió una reflexión que me pareció significativa: educar no consiste únicamente en transmitir contenidos. La educación involucra emociones, relaciones, valores y deseos. En este sentido, aprender no depende exclusivamente de la información que se comparte, sino también de la forma en que nos vinculamos con ella y de las razones que encontramos para transformarnos a través de ese conocimiento.
Posteriormente, se planteó una idea que llamó especialmente mi atención: el conflicto puede entenderse como una revelación de lo que está ocurriendo. Más que ser un problema que debe eliminarse, el conflicto permite visibilizar tensiones, necesidades, diferencias o situaciones que permanecían ocultas. Esto llevó a reflexionar sobre la relación entre percepción y realidad. Muchas veces asumimos que vemos las cosas tal como son, pero en realidad cada persona interpreta el mundo desde su propia experiencia. Lo que percibo no necesariamente es la realidad completa, sino mi versión de ella.
En este contexto apareció una pregunta que considero especialmente importante: ¿por qué vivimos para transformarnos?. Esta cuestión invitó a pensar en aquello que nos motiva a cambiar y en las razones que orientan nuestras decisiones. Más allá de alcanzar metas concretas, la pregunta parecía apuntar hacia la búsqueda de sentido que acompaña los procesos de aprendizaje y crecimiento personal.
Más adelante iniciamos la lectura del cuento El otro de Jorge Luis Borges. A partir de esta lectura surgieron diversas inquietudes relacionadas con el tiempo, la identidad y la transformación. Personalmente, me llamó la atención una pregunta que apareció durante la discusión: si todo está en constante transformación, ¿significa eso que no existe un destino predeterminado?
Esta reflexión llevó a mencionar las ideas de Heráclito y la noción del cambio permanente. Si todo fluye y todo se transforma, entonces la identidad no es algo fijo e inmutable, sino una construcción que está cambiando continuamente. Esta idea me recordó la frase “se hace camino al andar”, porque plantea que la vida no está completamente definida de antemano, sino que se construye a través de nuestras experiencias, decisiones y encuentros.
Sin embargo, reconocer que estamos en un permanente devenir puede resultar incómodo. Como seres humanos solemos buscar certezas, instrucciones y referencias estables que nos permitan sentir seguridad. Nuestro pensamiento se apoya constantemente en aquello que conoce y reconoce. Por eso resulta difícil aceptar afirmaciones como que el pasado ya no existe o que el futuro todavía no existe. De alguna manera, estas ideas nos enfrentan a la incertidumbre.
Frente a esto, una de las reflexiones más significativas de la clase fue la importancia de reconocer el valor del presente. El ahora constituye el único espacio donde realmente actuamos, sentimos, pensamos y construimos nuestra experiencia. Aunque constantemente recordamos el pasado o imaginamos el futuro, nuestra existencia ocurre en el momento presente.
Finalmente, se destacó la importancia de cuestionar la verdad y de tensionar aquellas verdades que solemos dar por sentadas. Lejos de entender la diferencia como una amenaza, la clase invitó a reconocer que es precisamente a través de las diferencias y de los cuestionamientos que ampliamos nuestra comprensión del mundo. Crecemos cuando somos capaces de escuchar otras perspectivas, confrontar nuestras certezas y aceptar que ninguna visión posee la totalidad de la verdad.
Esta sesión me dejó reflexionando sobre la educación como un proceso profundamente humano. Más allá de los contenidos académicos, educar parece estar relacionado con la capacidad de preguntarnos quiénes somos, cómo cambiamos y de qué manera construimos sentido en medio de un mundo que nunca permanece igual.
De acuerdo: "el valor del presente"
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