TRABAJO FINAL

La máquina responde, el maestro pregunta

Hay algo extraño ocurriendo en las aulas actualmente. Mientras los profesores intentan explicar un tema, algunos estudiantes ya tienen abierta una pestaña donde la inteligencia artificial responde más rápido, resume y hasta redacta textos completos en segundos. Resulta irónico que durante años la escuela insistió en que memorizar información era importante, y ahora vivimos en un mundo donde cualquier dato aparece en menos de tres segundos. Quizá el problema nunca fue la falta de información, sino qué hacemos realmente con ella.

A lo largo del curso de Convivencia y Resolución de Conflictos entendimos que los conflictos escolares no son simplemente “problemas de disciplina”, sino tensiones humanas relacionadas con emociones, roles, identidad, reconocimiento, poder y convivencia. Precisamente por eso, pensar la educación en tiempos de inteligencia artificial obliga a mirar más allá de la tecnología misma. El verdadero conflicto no está únicamente en la herramienta, sino en las relaciones humanas que se transforman alrededor de ella.

Massimo Recalcati, en La hora de clase, permite comprender esta crisis desde una mirada profundamente humana. Una de las ideas más importantes del libro es la de la Escuela-Edipo. Esta escuela representa el modelo tradicional basado en la autoridad rígida, donde el maestro poseía el saber y el estudiante debía obedecer y repetir. Allí la palabra del docente era prácticamente incuestionable. Sin embargo, aunque este modelo garantizaba cierto orden, muchas veces anulaba la voz y la individualidad de los estudiantes.

Con el tiempo, esa autoridad comenzó a derrumbarse. Según Recalcati, la escuela pasó de la rigidez de Edipo a la llamada Escuela-Narciso. En este modelo la figura de autoridad pierde fuerza y todo parece girar alrededor de la satisfacción inmediata, el rendimiento y la exposición constante de uno mismo. Esta idea también me recordó a Byung-Chul Han cuando describe una sociedad obsesionada con el rendimiento. A veces siento que vivimos corriendo de una entrega a otra, de una tarea a otra, de una meta a otra, como si detenernos a pensar fuera una pérdida de tiempo. Resulta curioso que tengamos más herramientas para aprender que nunca y, sin embargo, muchas veces sintamos que no tenemos tiempo para disfrutar el aprendizaje. En ocasiones pareciera que lo importante no es comprender algo, sino demostrar rápidamente que ya lo comprendimos.

Pero ahí surge uno de los conflictos más complejos de la educación contemporánea ¿qué ocurre con el pensamiento cuando una máquina puede escribir por nosotros?

Mientras releía el cuento El otro de Borges, apareció un recuerdo que no esperaba. Recordé la primera inteligencia artificial que utilicé: LuzIA, un chatbot de WhatsApp que un amigo me compartió hace algunos años. Curiosamente, en ese momento no la veía como una herramienta de estudio ni como una revolución tecnológica. La utilizábamos para divertirnos, hacer preguntas absurdas, ponerla a prueba o intentar que respondiera cosas extrañas. Era más una curiosidad que una necesidad.

Sin embargo, al recordar esa experiencia me surgió una pregunta que todavía no logro responder completamente: ¿cómo pasamos de ver la inteligencia artificial como algo con lo que podíamos jugar a convertirla en una herramienta en la que confiamos para resolver dudas, escribir textos, organizar ideas e incluso tomar decisiones? ¿En qué momento dejó de ser una novedad para convertirse en algo casi indispensable en muchos aspectos de nuestra vida cotidiana?

De alguna manera, ese recuerdo me hizo sentir algo parecido a lo que ocurre en El otro de Borges. Allí, un Borges adulto se encuentra con una versión más joven de sí mismo. Ambos son la misma persona, pero al mismo tiempo parecen dos individuos diferentes. Algo similar ocurrió cuando intenté recordar cómo pensaba en aquella época. La persona que utilizaba LuzIA para entretenerse parece muy distinta a la persona que hoy utiliza herramientas de inteligencia artificial para estudiar, investigar o escribir. Somos la misma persona, pero nuestra relación con el conocimiento ha cambiado profundamente. Esta sensación me recordó una idea de Heráclito, filósofo al que Borges hace referencia en el cuento: “Nadie se baña dos veces en el mismo río”. La frase suele interpretarse como una invitación a reconocer que todo está en constante transformación. El río cambia, el agua fluye y quien entra en él tampoco permanece igual. Quizá por eso resulta tan extraño encontrarnos con versiones pasadas de nosotros mismos. Creemos que seguimos siendo la misma persona, pero nuestras experiencias, preguntas y formas de comprender el mundo han cambiado. Al recordar aquella primera conversación con una inteligencia artificial, sentí precisamente eso: el encuentro entre dos versiones de mí que comparten una historia, pero que ya no habitan el mismo río.

Sin embargo, Borges no solo me hizo pensar en quién era yo antes, sino también en quién habla realmente cuando utilizamos inteligencia artificial. El cuento plantea preguntas sobre la identidad y la verdad, pero también puede leerse hoy desde la autoría y la simulación. Cuando un estudiante entrega un texto construido con ayuda de IA aparece una duda inquietante ¿quién es realmente el autor de esa voz? La respuesta parece sencilla, pero no lo es. Al igual que ocurre con el Borges joven y el Borges adulto, el texto surge de dos voces que se encuentran y se mezclan. El estudiante está allí, pero también está la máquina. Entonces aparecen preguntas que tal vez estamos aprendiendo a responder ¿dónde termina una voz y comienza la otra?, ¿qué significa escribir?, ¿qué significa pensar?, ¿qué significa ser autor de algo? 

Cuando pienso en esa versión anterior de mí, también recuerdo algo que mi mamá repetía constantemente: “no te quedes únicamente con la información de Wikipedia”. Me insistía en buscar otras fuentes, comparar versiones y preguntarme quién estaba diciendo qué. En ese entonces podía pasar horas investigando un tema porque encontraba información diferente en cada página. Incluso recuerdo discusiones con mis amigos sobre datos, teorías o curiosidades. Cada uno llegaba con una versión distinta y comenzábamos a debatir. A veces nadie tenía la razón completa y precisamente por eso seguíamos buscando, leyendo y construyendo hipótesis.

Hoy siento que muchas de esas conversaciones son menos frecuentes. Cuando surge una duda, la respuesta suele aparecer casi de inmediato: “pregúntale a ChatGPT”. Y aunque esa respuesta puede ser útil, también tengo la sensación de que, en ocasiones, la conversación termina antes de empezar. Ya no discutimos durante horas intentando comprender algo; muchas veces obtenemos una respuesta rápida y continuamos con otra cosa.

No creo que esto signifique que la inteligencia artificial sea negativa. De hecho, sería contradictorio afirmarlo mientras escribo una reflexión que también ha sido acompañada por estas herramientas. Sin embargo, sí me pregunto qué ocurre con nuestra relación con la duda cuando las respuestas están disponibles de forma inmediata. Tal vez el problema no sea que ahora sabemos más cosas, sino que a veces dejamos menos espacio para preguntarnos por ellas.

Esta reflexión conecta profundamente con una de las preocupaciones de Recalcati. El autor insiste en que la educación no debería reducirse a la transmisión de información, sino que debería mantener vivo el deseo de aprender.

Quizá lo que más extraño de aquellas discusiones no es la falta de información, sino el entusiasmo que generaba no saber. Había algo emocionante en construir hipótesis, equivocarse, volver a empezar y seguir preguntando. En cambio, hoy parece que la rapidez de las respuestas corre el riesgo de hacernos olvidar el valor de las preguntas.

Otra idea de Recalcati que considero fundamental es la importancia de la palabra del maestro. El autor no entiende la enseñanza como una simple transferencia de contenidos, sino como un encuentro humano donde una palabra puede despertar curiosidad, transformar perspectivas e incluso marcar una vida. En una época donde cualquier dato parece estar disponible en internet, el valor del docente ya no radica únicamente en saber más información que sus estudiantes, sino en su capacidad para otorgar sentido a esos conocimientos y conectarlos con la experiencia humana. 

Tal vez por eso muchas veces la escuela se siente agotada. Porque intenta competir contra la velocidad de internet en lugar de ofrecer algo que ninguna máquina puede reemplazar completamente: la experiencia humana del encuentro. Una inteligencia artificial puede resumir un libro, pero no puede mirar a un estudiante frustrado y comprender el miedo que siente al no entenderse a sí mismo. Puede producir textos coherentes, pero no reemplaza la experiencia de un maestro que transforma una clase a través de su pasión, su humor o incluso sus contradicciones.

Frente a esta situación, Recalcati propone la idea de la Escuela-Telémaco. A diferencia de la autoridad autoritaria de Edipo o del vacío narcisista contemporáneo, Telémaco representa la búsqueda de una guía significativa. Aquí el maestro no aparece como dueño absoluto de la verdad, sino como alguien capaz de acompañar, escuchar y abrir caminos. Esta idea resulta especialmente importante hoy, cuando muchos jóvenes parecemos rodeados de información, pero profundamente solos frente al sentido de las cosas.

En este contexto, los conflictos escolares relacionados con IA no deberían abordarse únicamente desde el castigo. Muchas veces la respuesta institucional consiste en prohibir herramientas, vigilar estudiantes o aumentar controles. Sin embargo, eso solo reproduce modelos sancionadores que rara vez solucionan el conflicto de fondo.

Durante el curso vimos modelos de resolución de conflictos que permiten pensar alternativas más humanas. El Modelo Harvard, por ejemplo, propone centrarse en intereses y necesidades más que en posiciones rígidas. Aplicado al uso de IA, esto significaría preguntarse por qué un estudiante sintió necesidad de utilizarla ¿miedo al fracaso?, ¿presión académica?, ¿agotamiento?, ¿desconexión con la actividad?, ¿falta de sentido en lo que hace? Claramente esto no implica justificar cualquier acción, pero sí comprender que detrás de los conflictos existen dimensiones humanas que no se resuelven simplemente castigando.

Por otro lado, el Modelo Transformativo resulta especialmente relevante porque busca reconocimiento y transformación de las relaciones. Muchas tensiones actuales entre docentes y estudiantes nacen de la desconfianza. Algunos profesores sienten que los estudiantes “ya no quieren pensar”; mientras muchos estudiantes sienten que los docentes no comprenden el mundo digital en el que viven. El conflicto entonces deja de ser solamente tecnológico y se convierte en una ruptura del vínculo pedagógico.

También el Modelo Circular-Narrativo aporta una mirada importante. Este modelo plantea que los conflictos se sostienen a través de relatos dominantes. Por ejemplo, el relato de que “todos los estudiantes hacen trampa con IA” o que “todos los profesores están en contra de la tecnología”. Estas narrativas simplifican la realidad, generan estereotipos y dificultan el diálogo. Cambiar la narrativa implica reconocer matices y construir nuevas formas de relación. 

Personalmente, creo que uno de los mayores riesgos de la inteligencia artificial no es que las máquinas piensen por nosotros (aunque también es inquietante), sino que dejemos de hacernos preguntas. Tal vez el problema más grave sería acostumbrarnos a respuestas rápidas sin atravesar el proceso incómodo de dudar, equivocarnos y construir pensamiento propio. Porque pensar y reflexionar toma tiempo. Pensar incomoda. Pensar no siempre produce resultados inmediatos. Y justamente por eso sigue siendo profundamente humano.

Aun así, tampoco considero que la IA deba rechazarse completamente. Sería absurdo negar una herramienta que ya hace parte de nuestra realidad cotidiana. Además, en muchos casos puede potenciar procesos creativos, facilitar aprendizajes o abrir posibilidades nuevas dentro del aula. El verdadero desafío consiste en enseñar a usarla críticamente, sin convertirla en sustituto del pensamiento.

Aquí retomo una pequeña idea ya mencionada, tal vez uno de los riesgos más silenciosos de la inteligencia artificial no sea que produzca respuestas incorrectas, sino que algunas conversaciones terminen antes de empezar. Y cuando una conversación desaparece, también desaparecen las dudas compartidas, los desacuerdos, las hipótesis y gran parte de aquello que convierte el aprendizaje en una experiencia humana. 

Quizá el papel del maestro hoy no sea competir contra la inteligencia artificial, porque claramente perdería en velocidad y cantidad de información. Tal vez su papel sea otro: ayudar a interpretar el mundo, acompañar conflictos humanos, enseñar a dialogar, construir criterio y recordar que aprender sigue siendo mucho más que producir respuestas correctas.

Y quizá ahí está la gran diferencia entre una máquina y un maestro.

La máquina responde.

El maestro, en cambio, todavía puede abrir preguntas.


Comments

  1. Me parece interesante el texto. Tiene recuerdos sensibles y esperanza en la labor del maestro. Gracias por el tiempo y la dedicación para con este curso. Espero que las ideas y las palabras lleguen hasta tus futuros estudiantes.

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