BITÁCORA SEMANA 7
Creo que gran parte de lo que nos hace humanos tiene que ver con cómo nos expresamos. No solo por lo que decimos, sino por la forma en la que usamos el lenguaje para darle sentido a lo que sentimos y a lo que vemos en los demás. Al final, comunicarnos no es solo hablar, es interpretar, filtrar y también decidir cómo queremos que el otro entienda lo que estamos diciendo.
De alguna manera, el lenguaje nos ayuda a “afinar la mirada”. Nos permite ir más allá de lo literal y entender que no todo se dice de forma directa. Porque si tomáramos todo tal cual, sin matices, probablemente viviríamos en conflicto constante (básicamente, nadie sobreviviría a una conversación incómoda).
También siento que esa capacidad de filtrar lo que decimos y cómo lo decimos es lo que hace posible convivir. No es solo una habilidad bonita, es una necesidad. Saber comunicar es, en el fondo, una forma de adaptarnos: nos permite relacionarnos, evitar choques innecesarios y movernos con más libertad dentro de lo social.
Sin lenguaje, todo sería mucho más básico, más instintivo. Y aunque suene fuerte, sí: perderíamos gran parte de lo que nos hace humanos, porque dejaríamos de construir significado con otros.
Por otro lado, también somos sujetos dentro de una sociedad, lo que implica que estamos atravesados por normas, reglas y formas de comportamiento que, queramos o no, influyen en cómo actuamos y nos relacionamos. No nos movemos completamente libres, siempre hay algo que orienta (o limita) nuestras decisiones.
Incluso en las relaciones, siempre hay algún tipo de interés. Y no necesariamente desde algo negativo o egoísta, sino como una forma natural de vincularnos. Desde que nacemos dependemos de otros, y a lo largo de la vida seguimos construyendo relaciones que, de alguna manera, tienen un sentido, una intención o una necesidad detrás.
Entonces más que ver el interés como algo malo, se puede entender como parte de lo que nos permite conectar con los demás y vivir en comunidad. Porque al final, nadie se relaciona desde la nada.
Preguntas:
- ¿Hasta qué punto mi forma de expresarme realmente refleja lo que pienso, y no solo lo que aprendí a decir?
- ¿Mis relaciones nacen desde una elección consciente o simplemente desde la necesidad de no estar sola?
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